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Una selección de viejos textos del antiguo blog que tenía, "Al Servicio del Fuego" y del newsletter que acompaña al Taller de La Brújula.

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Una puerta entreabierta

Texto del archivo personal.

Hace mucho que no lo doy tantas vueltas a una idea antes de sentarme a escribir. Quizás porque ésta, como pocas, es más personal y al mismo tiempo sobre algo que me desborda y de lo cual sólo puedo hablar con mucho respeto y cuidado. Espero no decir ninguna barbaridad.

Ayer me invitaron a comer un grupo de señoras de la parroquia. Veinticinco viejas tanas, una más simpática que la otra, con una fe a prueba de balas (y de curas). De la charla anecdótica y superficial, típica entre gente que no se conoce tanto, la conversación con las dos mujeres que estaban más cerca de mí en la mesa derivó lenta e imperceptiblemente hacia la pastoral, la vida de los curas y las realidades que encontramos en el ministerio. Y una me preguntó: "¿Y cuándo alguien muere, en los funerales, usted qué le dice a la gente?". Un poco seco, cosa rara en mí, le dije: "Nada. Bah, mejor dicho, casi nada".

En realidad no es exactamente así. Pero les expliqué que, frente a dos realidades tan desbordantes, tan inmensas como la muerte y el dolor que ella produce, mejor decir poco que mucho. Uno está tocando el borde del misterio en esos momentos. Es una de esas ocasiones donde aún el más inconsciente está especialmente sensible y donde el corazón se agita y debate entre mil sentimientos. Hablo del consuelo que nos quiere dar Dios; de un Cristo que nos entiende porque él mismo se dejó atravesar por el misterio; del permiso que nos tenemos que dar para desahogar el corazón frente a Dios y del acompañarnos mutuamente. Y basta. Todo lo demás me parece dicho más para ahogar el momento que otra cosa.

Esto para mí no es estrategia ni sentido de la ubicación. Es lo que experimento cada vez que me acerco a acompañar momentos de esa intensidad. Realmente no me sale decir mucho. Porque cuando la vida está así de expuesta, el lenguaje es el silencio, el gesto, la oración. El abrazo.

Me llamó la atención que justo fuera éste el tema de nuestra charla en la cena. Porque dos días antes había ido a Pisa básicamente movido por el deseo de sentarme delante de un sarcófago. El mismo que había visto un año antes en el Camposanto de la Plaza de los Milagros. Es el de esta foto.

Sarcófago en el Camposanto de la Piazza dei Miracoli de Pisa.

Las ondas que rodean el bajorrelieve central son típicas del arte mortuorio grecorromano. El mar era símbolo de la eternidad, y por eso adorna muchos monumentos fúnebres de la época, retomados también más tarde por los cristianos.

Lo que me atrajo en su momento, sin embargo, es la puerta entreabierta. Como invitando a pasar. O tal vez, como si el difunto, olvidadizo, hubiera dejado, al atravesarla, un resquicio del otro mundo, abierto a los que seguimos de este lado.

Como sea, me quedé fascinado e impactado mirándolo aquella vez. Y regresé para verlo y fotografiarlo. Para pensar en lo que vendrá, algún día, en algún momento. Para recordar a los que ya cruzaron el umbral de la puerta. Aquellos que, al abrirla, me hicieron pensar en esa Pascua que nos espera a todos.

Sé que hoy es tabú hablar de estas cosas. La muerte, como decía Philippe Ariès, ha reemplazado al sexo como principal censura. Me da pena cuando a veces, con la mejor de las voluntades, los creyentes aportamos nuestra cuota a la cuestión poniendo una pátina de piedad, frases hechas y lugares comunes tan ineficaces como molestos.

Creo, por el contrario, los cristianos tenemos una palabra para decir. Una que sea al mismo tiempo humana y divina, es decir, dicha desde Jesús y su Evangelio. Respetuosa y compasiva. Con el sentido del abismo al que nos asomamos. Con la esperanza de que alguien ya lo ha franqueado y nos acompaña. Como la pequeña cruz que adorna el dintel en la puerta de este sarcófago. Como el Buen Pastor representado en sus hojas.

Mientras tanto, sigo viendo la puerta. Para no perder de vista lo importante. Para que este misterio de dolor y amor me ayude a percibir que en realidad siempre estamos de cara a algo que nos sobrepasa. Y frente al cual, todavía hoy, podemos decir muy poco. O nada.

Algo se mueve bajo las calles de Roma

Del blog «Al servicio del fuego» (2013).

Algo se mueve bajo las calles de Roma (de mi viejo Blog, "Al servicio del fuego", del año 2013)

Muchas veces me he preguntado si estoy en este mundo para dar todo de mí en un instante preciso. Una palabra justa, un gesto necesario, un "sí" o un "no" que de alguna manera aporten algo significativo. Y nada más. Por supuesto, yo no sé cuándo o cómo se dará esto. Tal vez lo perciba cuando llegue. En todo caso, este interrogante me ayuda cada tanto a desempolvar el entusiasmo y el asombro. Me permite estar alerta. En espera.

Lo más probable es que no sea así. Sería una visión demasiado mezquina y pobre de la vida. Con todo, sí es cierto que hay momentos, lugares, situaciones especiales. Encuentros donde parece jugarse el todo por el todo. O mejor, lo que el Nuevo Testamento llama un "kairós". Un tiempo oportuno, favorable, pleno porque Dios se manifiesta en él. Y cuando él se hace presente, trae consigo toda novedad y barre a fondo con nuestras certezas. Lo imprevisible se vuelve el pan de cada día.

¿Habrá sido eso lo que vivimos con unos amigos hace algunas semanas? Un matrimonio muy cercano y amigo pasó por Roma. Rezamos juntos, caminamos la Ciudad Eterna y aprovechamos para disfrutar de la historia, el arte y la vida que se respira a cada paso por sus calles infinitas.

Una de las paradas de nuestro recorrido fue una visita a las Catacumbas de Priscilla, la "Reina" de estas necrópolis subterráneas, según los expertos. Hoy ya sabemos que no eran refugio de los cristianos perseguidos. Pero siguen siendo lugar de culto. Aquí los cristianos depositaban a sus mártires y venían a rezar, o a enterrar a sus familiares cerca de los primeros testigos de la fe. Además, en ellas encontramos algunos de los primeros testimonios de arte cristiano.

Llegando a la entrada, nos encontramos con dos sacerdotes y un diácono de Granada que iban también a participar del recorrido guiado. Cuando se enteraron de que habíamos pedido celebrar la misa allí, pidieron sumarse para poder rezar al final de la visita. Además iban en el tour dos turistas norteamericanos y dos chicas francesas que no decían ni palabra.

Al llegar a la capilla, la guía nos dio las indicaciones necesarias para organizarnos e invitó a los que no participarían de la misa a emprender el regreso con ella. Para nuestra sorpresa, las francesas pidieron quedarse a misa con nosotros. El asombro creció cuando descubrimos que hablaban muy bien en español. Al comenzar la celebración invité a que nos presentáramos. Y entonces las chicas aclararon que en realidad, ninguna era cristiana. "Yo soy musulmana", dijo una. "Y yo... bueno, en realidad yo no soy nada", dijo la otra. Cada uno fue pidiendo por alguna intención para la misa. Y esta última dijo que pedía por el futuro. Por lo que estaba viniendo.

La misa no podría haber estado más despojada. Sin cantos, ni instrumentos, ni presencia de una multitud fervorosa. Hasta los ornamentos que usábamos eran simples y casi deshilachados. Pero creo que todos percibimos que ese era un kairós. Había una densidad especial en el aire. Algo estaba pasando. Por lo menos así lo sentía. Creo que todos teníamos la certeza de una presencia, tal vez más palpable aún porque desde lo exterior no había mucho que ayudara. Por otro lado, era un lugar de fe. Un lugar santo, donde todavía se tocan las raíces de fe de Roma y de nuestra Iglesia.

Puede parecer paradójico decir esto, pero creo que pocas veces viví la misa con tanta alegría como ahí, a varios metros bajo la tierra, con 13 grados de temperatura. El gozo de lo esencial, de estar muy cerca del Corazón de todo en la humildad tan típica de los sacramentos.

La misa terminó y todos estábamos muy alegres y conmovidos. Nadie, creo, como nuestras nuevas amigas. La que había dicho que no creía en nada lloraba a mares. Y nuestra hermana del Islam resplandecía en una sonrisa blanquísima. Mientras regresábamos, le pregunté si se había sentido incómoda en la misa. "¿Incómoda? No, para nada. Emocionada. Impresionada. Pero no incómoda". Su compañera contaba cómo le había gustado la celebración, y que ahora, después de bastante tiempo viviendo en Roma, se lanzaba a un nuevo proyecto. Que la llevaba nada menos... que a Buenos Aires. El colofón final de un día de gracia.

Ahora estamos todos nuevamente desperdigados por el mundo. Francisco, uno de los curas de Granada, y yo, seguimos estudiando aquí en Roma. Mis amigos volvieron a Buenos Aires. Una de las chicas ya ha vuelto a París y la otra prepara su ida a la Argentina. Los otros curas están en España, ejerciendo el ministerio (¡y el diácono da sus primeros pasos como sacerdote!). Pero todos nos llevamos en el corazón la certeza de haber compartido algo único. Alguien nos llevó hasta allí y nos ha devuelto a nuestras realidades cotidianas pero con alguna certeza, alguna pregunta, alguna alegría.

No creo que estemos aquí solamente para un momento o un gesto. Pero sí así fuera, esta horita juntos en la Catacumbas valió la pena.

¿Cómo sanar un mundo herido?

Del archivo de reflexión y actualidad.

Hay una terraza en el barrio judío de la Ciudad Antigua, en Jerusalén. La conocí en mi primera noche allí, cuando otro sacerdote argentino, a quien encontramos de casualidad, nos llevó a mí y a tres amigos más a ver la vista de la ciudad. Es un mirador privilegiado: de una sola vez se puede contemplar la cúpula del Santo Sepulcro, algo del Muro de los Lamentos y la Mezquita del Al-Aqsa. Volveríamos a la terraza-mirador todos los días de nuestra estadía. Pocos tiempos tan intensos como esas cinco jornadas en la Ciudad Santa. Gente de todo el mundo, una historia milenaria y un movimiento febril. Las tres religiones monoteístas más importantes del mundo entrecruzadas en una relación tensa, lacerada y lacerante. Peregrinos, curiosos y turistas terminan de conformar un caleidoscopio en permanente cambio. Más de una vez, al caminar por los pasillos estrechos y darme vuelta para observar, pensaba que me habían cambiado la calle mientras no miraba. Por sobre todo, recuerdo la sensación de una energía casi palpable en el lugar. Un rincón del planeta que estaba, literalmente, en carne viva. Sentados una noche en nuestra terraza con Josefina, otra de las compañeras de viaje, compartíamos impresiones sobre nuestra pequeña peregrinación a Israel. Me dijo algo que se quedó profundamente grabado en mi memoria: "¿Sabés? Acá en Jerusalén me di cuenta de lo lastimado que está el mundo". Era cierto. La Ciudad Santa, la ciudad de la Paz, estaba muy lejos de serlo en realidad. El Santo Sepulcro parcelado por las distintas iglesias cristianas; los soldados caminando por los pasillos; la mirada de miedo o de bronca que a veces nos sorprendía desde alguna ventana… Los lugares más sagrados heridos por las ansias de poder, de control, por el resentimiento y la venganza.

Pocos días después de esa conversación me subía a un avión para visitar algunos amigos en New York. Con Juani, mi anfitrión, decidimos una mañana ir a visitar el Memorial del 11 de Septiembre. No teníamos entrada, pero el hábito clerical todavía abre algunas puertas, así que pudimos entrar. El memorial es de lo más elocuente en su austeridad. Placas negras con nombres en blanco en torno a unas fuentes que nunca logran colmar el espacio vacío que rodean. Es la imagen de la herida incurable de un pueblo. Otra lastimadura de nuestro mundo gritando hacia el cielo. En uno de los banquitos del monumento nos sentamos para tener un rato de oración y una charla memorable. La reflexión sobre la situación internacional y sobre lo que pasó allí nos llevó, casi sin darnos cuenta, a nuestras familias y nuestras experiencias personales de heridas y reconciliación. Fue un momento de esos que pocas veces se dan, cuando se puede hablar con el corazón abierto, sin miedo a lastimar ni ser lastimado. Y como un estribillo, aparecía una y otra vez la cuestión del perdón. Un perdón que se manifestaba necesario, imprescindible, para seguir caminando en la vida. Me llevaría esa conversación como un tiempo de gracia, de esos que no se deben desaprovechar. Y a lo largo de un año signado por el encuentro con muchas situaciones de dolor, la imagen de esos dos lugares signados por el odio y el absurdo de la violencia volvía una y otra vez al corazón. ¿Cómo todavía hoy tenemos tan afilada nuestro poder para lastimarnos, para hacernos daño? Esa capacidad parece multiplicarse exponencialmente y repetirse no sólo en las relaciones interpersonales sino entre los pueblos del mundo. Tiene sentido: los desajustes de nuestro planeta son el eco potenciado de nuestros propios desequilibrios… la desafortunada conjunción de nuestros desencuentros. Tal vez, sin embargo, en esa triste cadena también esté la posibilidad de un cambio. Si todo comienza en nuestro contexto más inmediato, entonces también allí es donde necesitamos empezar a hacer pie para transformar la realidad. ¿Tendremos el valor para dar ese primer paso, para empezar a tender la mano y buscar el perdón? ¿El coraje para responder de una manera más libre?

No es nada fácil. El perdón sigue siendo una palabra muy mal vista: suena demasiado a debilidad, pobreza, sumisión. Y sin embargo, nada nos hace más libres. El momento en el que decidimos perdonar es cuando abrimos las puertas del futuro y nos damos cuenta que ya no somos víctimas ni condenados. El instante sagrado en el que se nos abren los ojos y elegimos vivir sin resentimiento. Cuando percibimos que nuestra historia puede habernos golpeado, pero eso no quiere decir que debamos repetirla ni continuarla con la misma violencia. Son muchas las fuentes del perdón, pero quizás esta mirada sencilla (y hasta un poco pragmática) sobre nosotros y nuestro camino nos ayude a empezar. Aquella noche en Jerusalén, la noche en que miramos nuestro mundo herido estrechado en las calles de la ciudad milenaria, fuimos a comprar algunos rosarios para llevar al día siguiente a la misa en el Santo Sepulcro. Caímos en un negocio de ortodoxos, que allí no suelen mirar con buenos ojos a los católicos. Sergei, el dueño, sin embargo, fue de lo más atento y cálido. Cuando nos íbamos, me regaló un pequeño broche con la cruz de Jerusalén. Con una mirada profunda de amor y dolor, esa tan única que he visto en varios de nuestros hermanos ortodoxos, me dijo: "¿Sabe Padre? Yo sé que nuestras Iglesias discuten muchas veces. Pero al fin y al cabo, creemos en el mismo Dios, ¿no es cierto? Rece por mí cuando celebre misa en el Santo Sepulcro". Lo hice, y lo sigo haciendo. Para tener esa misma mirada de perdón que he visto en Sergei. Y en todos aquellos que hacen del perdón un camino a un mundo nuevo y mejor.

Un perdón creador

Del archivo personal.

Creemos en un Dios creador (el juego de palabras es un poco inevitable), pero que realiza su obra de manera muy particular, porque crea a partir del caos y la confusión. Así lo dicen las prímeras páginas del Génesis, y así se repite una y otra vez en la historia de la salvación: saca luz de la oscuridad, orden del caos, vida de la muerte, reencuentro del desamor. Quizás por eso todo lo que tiene que ver con el perdón hace a su ser creador: es regalar una vez más la chispa creadora ahí donde parece que ya no hay salida, allí donde el odio y la muerte pretenden plantar bandera. Dios perdona para salvar su creación y allí donde llega su misericordia, la vida renace de un modo único e inesperado.

Ese perdón creador se manifiesta a fondo en la persona de Jesús. Todo en él es traer a las personas, al mundo como era "en el principio". El perdón, la misericordia, la ternura salvadora se regalan generosamente a quienes se acercan a él. Y a tanto llega este perdón que, en la cruz muere pidiendo perdón, porque quienes lo matan "no saben lo que hacen". A Jesús no se le escapa la complejidad de lo humano, la conciencia de que muchas veces pecamos entre gemidos y llantos, como le gustaba decir a San Agustín. Este perdón creador es el que nos revela el pecado y no al revés. Siempre es primero la gracia, el don, el regalo bajo cuya luz percibimos mejor lo que está en tinieblas y a la vez el saber que hay Alguien que lo transforma y nos vuelve una vez más, inocentes. El pecado que, como vimos, no es tanto una cuestión de bien y mal, sino de vida o muerte, de "errar el blanco" a nuestro centro más profundo: es todo aquello que hacemos que quita vida, tanto a nosotros como a los demás y al mundo que nos rodea. A nosotros nos toca, entonces, abrirnos a este misterio de gracia que nos permite no simplemente recomenzar, sino renacer "de lo alto", como Jesús explicaba a Nicodemo esa noche en Jerusalén (Jn 3). Y justamente allí donde nos sentimos más rotos es el lugar en el que puede despuntar un poco de ese sol de la mañana pascual. La grieta a través de la cual pasa la luz, como cantaba Leonard Cohen. El milagro que se da en cada corazón cuando nos animamos a pedir, con el salmista, el regalo de un corazón puro. La creación nueva que podemos ser.